Hay conversaciones que los adultos postergamos porque nos incomodan. Y mientras las postergamos, los niños crecen sin las herramientas que necesitan para reconocer cuando algo está mal. La Dra. Carlota Tello Vaca lleva más de treinta años convencida de que esa incomodidad nuestra tiene un costo muy concreto para ellos.
El abuso sexual no empieza con un acto. Empieza con el silencio que lo hace posible, la normalización que lo sostiene y la incredulidad adulta que lo perpetúa. Nombrar es, ya, una forma de intervenir.
Carlota Tello Vaca, Tejiendo RedesCuatro décadas de investigación apuntan hacia una conclusión que las instituciones siguen resistiendo: los programas reactivos llegan tarde. Siempre. Se activan cuando ya hay daño, cuando la denuncia ya fue presentada, cuando el niño ya cargó solo con algo que no debía cargar solo. La prevención real no espera señales de alerta. Opera sobre las condiciones que hacen posible el abuso: la asimetría de poder entre adultos y niños, el aislamiento que aleja a las víctimas de quienes podrían ayudarlas, la impunidad que protege a los agresores dentro de familias e instituciones. Y ahora también eso: la invisibilidad de los chats privados, los juegos en línea, los DMs donde el grooming ocurre sin ningún testigo adulto.
La evidencia acumulada por Finkelhor y colaboradores, incluyendo su trabajo con la CDC (Finkelhor et al., 2009) y los estudios compilados por Wurtele y Miller-Perrin, confirma que los programas universales de prevención, los que no esperan que algo malo pase para activarse, reducen la incidencia del abuso y acortan el tiempo que transcurre entre que empieza y que un niño finalmente lo cuenta. Pero hay un detalle que los datos solos no capturan: el mismo protocolo puede funcionar en una escuela y fracasar en la de al lado. La diferencia no está en el material. Está en si los adultos de esa institución realmente quieren saber lo que el protocolo les va a mostrar.
El grooming no es una patología. Es una estrategia, con fases tan documentadas que se pueden enseñar: acceso, construcción de confianza, aislamiento progresivo, desensibilización sexual, sometimiento. Lo que cambiaron las plataformas digitales no es la lógica del proceso sino el lugar donde ocurre. Un agresor que antes necesitaba pretextos físicos para acercarse a un niño ahora puede hacerlo desde cualquier dispositivo, a cualquier hora, sin que ningún adulto esté presente para leer la situación. El agresor siempre operó donde los padres no miraban. Ahora ese lugar cabe en el bolsillo del pantalón del niño.
Hay un dato de la investigación de Finkelhor y Dziuba-Leatherman (1995) que descoloca a muchos padres cuando lo escuchan por primera vez: los niños que han recibido educación en autonomía corporal reportan más intentos de abuso. La reacción instintiva es de alarma. Pero la explicación es otra: no hay más abuso, hay más niños que reconocen lo que les está pasando y lo nombran en vez de callarlo. Eso es exactamente lo que la educación preventiva busca. El conocimiento no vulnera la inocencia. Eso es un mito que protege a los adultos que no quieren tener esa conversación, no a los niños.
La necesidad de ser visto y aceptado no es debilidad emocional. Tiene sustrato neurobiológico: cuando esa necesidad se frustra, activa los mismos circuitos que el dolor físico. Los agresores no necesitan leer neurociencia para saberlo. Lo detectan por instinto, y sistemáticamente buscan a los niños que más la sienten: los que están solos en el recreo, los que no tienen amigos cercanos, los que en casa no son escuchados. Un programa de prevención que no entiende eso está diseñando para una vulnerabilidad que no existe y dejando sin protección la que sí existe.
El abuso sexual infantil casi nunca deja evidencia física inmediata. Las señales están en el comportamiento: un niño que de pronto regresa a conductas de años anteriores, que muestra conocimiento sexual que no corresponde a su edad, que se aísla o que cambia de humor de forma brusca y sin explicación aparente. Para quien sabe leerlas son señales claras. Para quien no ha sido formado son simplemente "el niño está raro". La mayoría de los docentes en México no han recibido esa formación. No porque no quieran. Porque nadie se la ha dado. Y eso no es un accidente ni una limitación de recursos: es una omisión de política pública que tiene nombre y que puede corregirse.
Judith Herman documentó en Trauma and Recovery (1992) algo que los clínicos saben y las instituciones prefieren no escuchar: la forma en que el entorno responde cuando un niño revela un abuso puede ser tan dañina como el abuso mismo. "No te creo". "Seguro lo malinterpretaste". "No le cuentes esto a nadie, vas a destruir a la familia". Esas no son respuestas excepcionales de adultos malos. Son patrones documentados, predecibles, que se repiten en familias e instituciones de todo tipo. Y que pueden modificarse. Con formación, con protocolos claros, con adultos que hayan practicado cómo reaccionar antes de que llegue el momento en que tengan que hacerlo.
Los modelos epidemiológicos de prevención del abuso sexual son útiles para medir incidencia y diseñar protocolos, pero tienen un límite estructural que pocas veces se nombra: no pueden explicar por qué ciertos entornos culturales producen más abuso que otros, ni por qué ciertas formas de hablar del cuerpo, del deseo y de la infancia crean condiciones de impunidad que ningún protocolo logra desactivar. El Modelo de Ecología del Deseo trabaja exactamente ahí.
Integra neurobiología, análisis cultural, psicología del desarrollo y ética formativa para responder la pregunta que los protocolos eluden: ¿qué condiciones hacen posible el abuso y cuáles lo hacen impensable? La respuesta no está en el individuo aislado. Está en el ecosistema que lo rodea.
Los sistemas de apego, teorizados por Bowlby desde la etología y el psicoanálisis, y los sistemas de recompensa, estudiados por Panksepp desde la neurociencia afectiva y por van der Kolk desde la clínica del trauma, crean ventanas de vulnerabilidad específicas en el desarrollo infantil. El abuso las explota con precisión. Comprenderlas es condición para diseñar intervenciones basadas en evidencia, no en intuición.
Las plataformas digitales no son espacios neutros: extraen datos conductuales a escala para predecir y modificar el comportamiento humano —lo que Shoshana Zuboff denomina "capitalismo de vigilancia" en su obra de 2019. La maximización del tiempo de pantalla no es el fin; es el medio de extracción. En ese entorno, el grooming prospera no a pesar de la arquitectura de las plataformas, sino gracias a ella.
El modelo de cuatro precondiciones de Finkelhor (1984) sigue siendo el marco psicosocial más robusto para comprender el abuso: motivación del agresor, superación de inhibidores internos y externos, y superación de la resistencia de la víctima. Cada precondición es un punto de intervención preventiva.
La pedagogía crítica de Freire y los marcos de educación sexual integral de la OPS convergen en un punto: la formación que devuelve agencia, no la que infunde miedo, es la única con efectos duraderos. Formar adultos protectores no es sensibilizar; es dotarlos de herramientas concretas de detección y respuesta.
Cómo la investigación sobre circuitos de recompensa, arquitectura de plataformas y desarrollo infantil informa la práctica preventiva
Hay un hallazgo reciente que tendría que estar en el escritorio de cualquier persona que diseñe políticas de prevención. Cuando adolescentes con uso intensivo de smartphones pasan por periodos de restricción, los estudios de neuroimagen muestran reducciones measurables en la cue-related neural activity, la activación cerebral ante señales asociadas al dispositivo, en el núcleo accumbens y la corteza prefrontal ventromedial. Las mismas regiones que median la anticipación del placer en personas con trastornos por uso de sustancias. No es metáfora. No es exageración. La pregunta que ese dato instala no es sobre tecnología. Es clínica: ¿cómo formamos a niños y adolescentes en la detección del abuso sexual cuando sus circuitos de recompensa están siendo reconfigurados, semana a semana, por arquitecturas diseñadas específicamente para maximizar la dependencia?
Anna Lembke, directora del programa de medicina de adicciones en Stanford, describe el mecanismo en Dopamine Nation (2021) con una claridad que descoloca: la exposición crónica a estímulos de alta intensidad desplaza el punto de equilibrio hedónico hacia el déficit. El cerebro adapta su línea de base hacia abajo. Lo que antes producía placer deja de producirlo. Lo que antes era tolerable se vuelve insoportable. Lembke escribe sobre adicción, no sobre abuso sexual. Pero la conexión es directa y perturbadora: un menor cuyo sistema de recompensa opera en déficit crónico es un menor emocionalmente hambriento, con mayor susceptibilidad a cualquier fuente de atención y afecto que aparezca, incluyendo la de un adulto que sabe exactamente qué está buscando. El grooming no necesita fuerza cuando el aislamiento emocional ya hizo el trabajo preparatorio.
Haidt llega al mismo territorio desde otro punto de partida. Su argumento en The Anxious Generation (2024) es que la infancia mediada por dispositivos produjo una generación con déficits estructurales de resiliencia social. Dicho así suena abstracto. Pero piénsalo en términos concretos: un niño que creció sin juego libre no supervisado no desarrolló la tolerancia a la frustración, ni la capacidad de leer señales sociales ambiguas, ni la confianza en su propio criterio ante situaciones incómodas. Exactamente las capacidades que necesitas para reconocer cuándo alguien está cruzando una línea contigo. Haidt y Lukianoff llamaron a esto "safetyism" en The Coddling of the American Mind (2018), pensando en universitarios. Pero la raíz es más temprana. Y sus implicaciones para la prevención del abuso son más serias de lo que casi nadie ha articulado todavía.
Christine Emba, en Rethinking Sex (2022), completa el cuadro con un argumento que la academia recibió con incomodidad considerable. Su crítica no es contra el consentimiento como concepto. Es contra el consentimiento como la única coordenada moral que hemos decidido que importa. Cuando el único criterio para evaluar si algo estuvo bien es si hubo acuerdo explícito, desaparece del análisis toda la arquitectura de poder, coerción gradual y manipulación afectiva en la que el abuso realmente ocurre. "¿Dijiste sí?" no captura lo que sucede cuando alguien lleva semanas construyendo una relación de confianza específicamente para llegar a ese "sí". El consentimiento no reemplaza la ética. La presupone. Y enseñar sólo consentimiento es entregarle a los jóvenes un mapa con la mitad del territorio en blanco.
El trabajo de Becky Kennedy aporta algo que las intervenciones institucionales suelen perder en el camino de su propia abstracción: la dimensión formativa cotidiana. Kennedy parte de una premisa que parece obvia hasta que la ves aplicada de verdad: los niños no aprenden a protegerse escuchando charlas sobre protección. La desarrollan viviendo, de forma repetida, la experiencia de tener adultos que nombran lo que ocurre, que no minimizan lo incómodo, que demuestran con sus acciones que los límites de los niños importan y serán respetados. Eso no se enseña en un taller de dos horas. Es algo que se construye día a día, en casa, en el salón, en todos los espacios donde los adultos tienen la oportunidad de modelar una relación en la que el niño tiene voz.
Debajo de todo esto está algo que Herbert Simon formuló en 1971 y que Michael Goldhaber desarrolló en 1997 con una claridad que nadie quiso escuchar en ese momento: la economía de la atención. La idea es simple y sus consecuencias son enormes. En un mundo con exceso de información, lo escaso no es el contenido sino la atención de las personas. Y las plataformas digitales no son canales de comunicación que ocasionalmente se usan mal. Son sistemas de ingeniería diseñados específicamente para capturar y retener atención humana mediante la explotación de sesgos cognitivos documentados. Lo que ese ambiente produce en los menores no es solo adicción al scroll. Es lo que podría llamarse plasticidad normativa: una redefinición gradual, casi imperceptible, de qué se considera normal en términos de contacto, intimidad y reciprocidad entre adultos y jóvenes. Eso no lo puede revertir ningún programa de prevención individual. Pero nombrarlo con precisión es ya, al menos, una forma de no seguir operando como si no estuviera ocurriendo.
Las revisiones sistemáticas publicadas en Child Abuse & Neglect y Trauma, Violence & Abuse convergen en un hallazgo que incomoda a quienes diseñan campañas de prevención centradas en el niño: los programas con efectos sostenidos a largo plazo son, casi sin excepción, aquellos que incluyen formación explícita para los adultos del entorno. No solo para los menores. Hay algo profundamente perturbador en el modelo dominante: le enseñamos al niño a protegerse, pero no le enseñamos al adulto a actuar cuando el niño le dice que algo está pasando. Es desplazar la responsabilidad hacia quien menos poder tiene. No es prevención. Es abandono con buenas intenciones.
Más de 40 estudios desde los años ochenta muestran que la educación en autonomía corporal reduce la vulnerabilidad al abuso y aumenta la tasa de revelación temprana. El obstáculo no es metodológico: los programas funcionan. El obstáculo es cultural. Muchas familias siguen enseñando, sin saberlo, que un abrazo que el niño no quiere dar de todas formas debe darse porque el adulto lo pide. Ese mensaje tiene consecuencias.
La resiliencia post-trauma en niños abusados está estadísticamente ligada a la presencia de al menos un adulto que creyó al niño, actuó y acompañó el proceso. No requiere ser psicólogo ni tener vocación especial. Requiere información sobre qué hacer, disposición para hacerlo y un protocolo claro que seguir cuando el momento llega porque, cuando llega, el shock paraliza incluso a los adultos mejor intencionados. Los tres elementos pueden enseñarse.
El grooming digital no es una versión nueva o sofisticada del abuso. Es el mismo proceso de siempre, con las mismas fases: contacto, construcción de confianza, aislamiento progresivo, introducción de contenido sexual, sometimiento mediante culpa o chantaje. Lo que cambió es el entorno: ocurre donde no hay testigos adultos, a una velocidad que antes era imposible, en conversaciones que el niño borra antes de que nadie las vea. Un adulto que sabe reconocer el patrón puede detectarlo. Casi ningún adulto sabe reconocerlo todavía.
Una selección de las obras que sustentan el Modelo de Ecología del Deseo, desde los estudios seminales sobre trauma y abuso sexual hasta los análisis más rigurosos sobre cultura digital y vulnerabilidad infantil. No es una lista exhaustiva. Es un mapa de entrada para quien quiera comprender el problema antes de pretender resolverlo.
Cómo la neurociencia clínica y la crítica cultural convergen en el trabajo de las Maestrías UMEP
Esther Perel lleva cerca de dos décadas articulando públicamente una paradoja que las instituciones académicas tardaron demasiado en tomarse en serio: el deseo y la seguridad no se suman, se tensionan. La cercanía excesiva apaga el deseo; la distancia, paradójicamente, lo reaviva. Perel lo describe con una claridad que sus colegas a veces encuentran incómoda porque toca dinámicas que la psicología relacional prefería dejar sin nombrar. Pero lo que hace su trabajo realmente útil para la prevención no es su análisis de la infidelidad. Es su cartografía de la asimetría relacional: por qué ciertas personas buscan consistentemente en vínculos desequilibrados lo que no encontraron en los simétricos, y cómo esa búsqueda crea exactamente el tipo de vulnerabilidad que los agresores aprenden a reconocer antes de que la propia persona la haya identificado en sí misma.
Freya India llega al mismo territorio desde un ángulo completamente distinto y con una voz que, para muchos lectores, resulta más perturbadora precisamente porque viene de adentro. India tiene veintitantos años y escribe sobre lo que ella y sus contemporáneas viven. Su crítica más sostenida no es contra la tecnología en sí sino contra lo que ella llama la terapeutización de las relaciones: la colonización del lenguaje del vínculo por el vocabulario clínico. Cuando cada conflicto se procesa como trauma, cuando cada exigencia del otro se lee como "falta de respeto a mis límites" y cuando la reciprocidad se negocia con el léxico de la terapia cognitivo-conductual, las relaciones pierden la capacidad de sostener la fricción que hace posible la intimidad real. India no tiene simpatía por esa tendencia aunque entiende de dónde viene. Una generación con más vocabulario emocional que ninguna anterior y menos tolerancia a la incomodidad relacional que todas ellas: el vínculo se volvió frágil exactamente en la proporción en que se volvió administrable.
Haidt documenta lo que les pasa a los niños cuando la infancia administrada en dispositivos reemplaza al juego libre no supervisado. Los déficits son mesurables: menor resiliencia social, menor tolerancia a la frustración, menor capacidad de leer señales ambiguas. Y hay una consecuencia que pocas instituciones han sabido articular: la ética relacional no se enseña en el aula. Se construye en la experiencia acumulada de conflictos reales, de límites violados y reparados, de vínculos que se tensionan y sobreviven a la tensión. Una infancia sin esa experiencia es una infancia con menor capacidad para reconocer cuándo una relación la está transgrediendo, precisamente porque nunca tuvo la práctica de navigar ese territorio por sí misma. Emba cierra el argumento con la pieza que hace incómoda toda la discusión: el consentimiento como único marco moral de la educación sexual es insuficiente. No porque el consentimiento no importe, sino porque deja fuera todo lo que hace posible que un "sí" sea el resultado de semanas de manipulación afectiva deliberada.
Lembke ofrece el sustrato neurobiológico que conecta todos estos diagnósticos. El mecanismo que describe en Dopamine Nation es la homeostasis hedónica: el cerebro expuesto crónicamente a estimulación intensa desplaza su equilibrio hacia el déficit. El placer disminuye. El dolor basal aumenta. La abstinencia de la pantalla o el like produce síntomas que son clínicamente indistinguibles de un episodio depresivo. Marian Rojas Estapé articula en español lo que la investigación básica de Bruce McEwen en Rockefeller University documentó desde los años noventa: el cortisol crónico no solo deteriora el estado de ánimo; reduce el volumen del hipocampo y compromete la memoria episódica. Son datos duros, no metáforas. Huberman los sintetiza en un formato que ha llegado a audiencias que ninguna publicación académica alcanzaría, con una tesis que resulta esperanzadora una vez que te has sentado con la parte perturbadora: los circuitos de recompensa son plásticos en ambas direcciones. Se pueden desregular y se pueden restaurar. Para la prevención del abuso, la implicación es concreta: un menor en déficit hedónico crónico es un menor emocionalmente disponible para cualquier fuente de afecto que aparezca. El grooming no necesita fuerza cuando la biología ya preparó el terreno.
Las Maestrías en Sexualidad y Equidad de Género y en Prevención del Abuso Sexual Infantil de la UMEP operan en la intersección de todas estas corrientes. No como síntesis ecléctica, que sería la respuesta fácil, sino como respuesta formativa a una complejidad sistémica que ninguna disciplina puede abordar sola. La neurociencia explica la mecánica de la vulnerabilidad. La crítica cultural nombra los entornos que la producen. La psicología del desarrollo señala las ventanas en que la intervención tiene efecto real. La ética relacional provee el marco normativo sin el cual la prevención se convierte simplemente en administración del riesgo, competente pero sin horizonte moral. Ninguna de esas dimensiones es suficiente por separado. Juntas, y solo juntas, permiten diseñar intervenciones que lleguen antes.
Una selección de obras y recursos que informan el marco teórico de las Maestrías UMEP —no como bibliografía de consulta sino como punto de entrada a conversaciones que esta formación continúa.
La Maestría en Sexualidad y Equidad de Género y la Maestría en Prevención del Abuso Sexual Infantil de la UMEP están diseñadas para profesionales que ya saben que el problema es complejo y que necesitan algo más que información actualizada. Necesitan marcos analíticos que les permitan intervenir en sistemas donde la neurociencia, la cultura digital y la ética relacional se cruzan de formas que ninguna disciplina aislada puede ver completa. La formación que coordina la Dra. Tello Vaca no transmite conocimiento. Construye capacidad de análisis.
Académicos y pensadores cuyo trabajo converge, desde disciplinas distintas y con métodos distintos, con los ejes que articulan las Maestrías UMEP. No es una lista de influencias. Es un mapa del territorio intelectual donde esta formación opera.
Psicóloga clínica de la Universidad Case Western Reserve y columnista de The New York Times, Damour ha producido los dos análisis más rigurosos disponibles sobre el desarrollo emocional de las chicas adolescentes en entornos digitales: Untangled (2016) y Under Pressure (2019). Su argumento central —que la ansiedad adolescente no es patología sino respuesta adaptativa a entornos mal diseñados— tiene implicaciones directas para la detección temprana del abuso. Una niña que "sólo está ansiosa" puede estar respondiendo a una situación que nadie ha sabido leer.
Psicóloga social en San Diego State University, Twenge lleva dos décadas rastreando los cambios generacionales en salud mental, autoestima y comportamiento social con los datasets más grandes disponibles. Su trabajo en iGen (2017) precedió y complementó a Haidt: donde Haidt argumenta, Twenge mide. El desglose por género de sus datos —que muestran que el impacto de las redes sociales en el bienestar psicológico es significativamente mayor en chicas que en chicos— es una de las piezas de evidencia más citadas en la política pública sobre tecnología y menores.
El creador de la Teoría Polivagal —uno de los marcos neurobiológicos más influyentes en la clínica del trauma de los últimos treinta años— ofrece un modelo que explica algo que los programas de prevención raramente abordan: por qué las víctimas de abuso frecuentemente no luchan ni huyen, sino que se paralizan. La respuesta de inmovilización del sistema nervioso autónomo no es cobardía ni consentimiento implícito; es una respuesta adaptativa de supervivencia. Comprender la fisiología del trauma cambia radicalmente cómo se diseñan los protocolos de revelación y respuesta.
Filósofa en Cornell University, Manne reencuadró el debate sobre misoginia con una precisión conceptual que la conversación pública llevaba décadas necesitando: la misoginia no es odio a las mujeres como sentimiento individual —es el sistema de aplicación de las normas de género. Su concepto de himpathy —la simpatía desproporcionada que las instituciones extienden a los hombres acusados de abuso— tiene consecuencias directas para entender por qué los sistemas de protección fallan de manera sistemática y predecible. Down Girl (2018) y Entitled (2020) son textos de referencia para cualquier profesional que trabaje con instituciones que procesan denuncias.
Editora de la sección de libros de The New York Times y autora de Pornified (2005) y 100 Things We've Lost to the Internet (2021), Paul ha documentado durante dos décadas el impacto de la pornografía mainstream en la formación de expectativas sexuales en adolescentes varones. Su trabajo conecta directamente con la investigación sobre grooming: los materiales que los agresores usan para desensibilizar a sus víctimas no son marginales —son el contenido al que una fracción significativa de adolescentes accede regularmente como iniciación sexual.
Internista en Kaiser Permanente y co-diseñador del estudio ACE (Adverse Childhood Experiences) —la investigación epidemiológica más influyente sobre el impacto de la violencia y el abuso en la salud adulta. Publicado originalmente en 1998, el estudio ACE demostró con una muestra de más de 17,000 participantes que las experiencias adversas en la infancia —incluyendo el abuso sexual— predicen con robustez estadística enfermedades cardiovasculares, cáncer, depresión y adicción décadas después. Es la evidencia más contundente disponible de que la prevención del abuso infantil es, también, política de salud pública de largo plazo.
Fundadora del Data & Society Research Institute —anteriormente investigadora principal en Microsoft Research— Boyd pasó una década etnografiando el uso real de redes sociales por adolescentes estadounidenses. Su conclusión en It's Complicated (2014) fue incómoda para el pánico moral dominante: los adolescentes no son víctimas pasivas de las plataformas —navegan activamente sus normas, sus riesgos y sus oportunidades. Ese matiz es indispensable para diseñar programas de prevención que los adolescentes tomen en serio en lugar de ignorar.
Educadora sexual e investigadora cuyo trabajo sobre la neurociencia de la respuesta sexual femenina —específicamente su modelo del acelerador/freno dual del deseo— ofrece un marco biológico para entender por qué el deseo no funciona como un interruptor de encendido/apagado y por qué el contexto importa tanto como el estímulo. Come as You Are (2015) es el texto de divulgación científica sobre sexualidad femenina más respaldado por evidencia de los últimos veinte años. Referencia obligada para cualquier programa de educación sexual integral que pretenda ir más allá del consentimiento.
La Dra. Tello Vaca colabora con instituciones educativas, sistemas de salud pública y organizaciones civiles en el diseño de programas de prevención que no se limitan a distribuir información —sino que modifican la cultura institucional desde adentro. Cada programa parte de un diagnóstico real del entorno y se construye para durar más allá del taller inaugural.
La Dra. Carlota Tello Vaca es investigadora, educadora y activista con más de tres décadas de trabajo en los campos de la sexualidad humana, la equidad de género y la prevención del abuso sexual infantil. Es directora de Tejiendo Redes, Educación y Bienestar A.C. —organización civil pionera en el diseño e implementación de programas formativos en México— y profesora-investigadora adscrita a la División de Ciencias Biológicas y de la Salud de la UAM Xochimilco.
Su trabajo integra neurobiología del deseo, análisis cultural y pedagogía crítica para responder una pregunta que pocas instituciones se atreven a formular con rigor: ¿qué condiciones hacen posible el abuso sexual y cómo se modifican desde la educación? Ha colaborado con la Secretaría de Salud de la Ciudad de México, el Instituto de las Mujeres del DF y múltiples organismos internacionales en el diseño de políticas públicas y materiales de formación para docentes, familias e instituciones de salud.
Coordina dos programas de posgrado en la Universidad Motolinía del Pedregal (UMEP):